Carlos Barbarito | Dedicados

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Cena de cenizas

A Julien Gracq

Tal vez el secreto esté en frotarse los ojos, al menos una vez al día. En ser pasajero en tránsito en el cuerpo de la primera y última mujer desnuda. Pero, ¿de qué secreto se trata? Y si alguna vez llegamos a averiguarlo, ¿qué alivio nos traería tal revelación? Por ahora, y hasta nuevo aviso, una extensa playa en la que cerca de la orilla alguien plantó, para olvidarlo luego, un parasol; una figura con anteojos negros que mira, a través de los vidrios, un cuarto vacío; un relámpago en la tarde sin tormenta a la vista.

Días compuestos de horas sin timón ni oráculo, de cuchillos desafilados y maniquíes a imagen y semejanza de quien, en lo oscuro, nos acecha, de dioses que al menor contacto con el aire se desmayan. Días de voces: miren la chispa que brota de mi dedo. Hay quienes creen verla contra toda evidencia. Días y noches de augurios tallados en jabón, de profecías amontonadas, junto a palas y martillos rotos, en sótanos con olor a humedad, de un nuevo Edén pintado en un lienzo de mala muerte, para colmo mal pintado.

Marzo, 30, 2016.

Anuncio desde las grandes piedras

A Saint-John Perse

Así se constituye el deseo y no de otro modo. Y así todo se fundamenta, ladrillo y cemento. No importa cuántos se reúnan, urgidos y sedientos, en una habitación que es nave y también templo. Por cada piel, aceites. Por cada piel, aguavivas que no causan ardor y si lo causaran es como si ese ardor se mezclara con una golosina. Líquido precioso ofrecido sin límite. Entrada amplia de desierto a jardín. Un destino para los que vagan por ciudades levantadas sobre lomos de tortuga. Sello que se rompe para que el libro se abra justo en el pasaje que habla de las sombras de los pájaros en vuelo y de las trombas en viaje.

Solitudinem

A José Miguel Pérez Corrales

Sólo atiendo a lo que me sobrepasa. Oigo la voz que es tan ajena como mía y, en lo remoto, alguien que soy y no yo, se interna en el agua en un último y desesperado intento por al fin nacer. ¿En qué creo, en qué descreo, hasta dónde llegaré, si es que hay un lugar al que llegar, antes de que alguien, por piedad o costumbre, me cierre los ojos? Mi dolor, este dolor, ¿es el mismo que siente aquel que extiende la mano para recibir una moneda? ¿Qué recibo yo al extender mi mano? ¿El residuo de alguna lejana conversación, las sobras de la cena de los amantes a quienes les importa poco y nada si existo?

Anotación en una pared de una casa vacía

A Hilda Paz

Toda el agua del mar cabe en un vaso; mientras dura el trasiego, percibo el porvenir: mitad lobo y mitad oveja. Un número, la latitud última, la vida a ras del suelo, la muerte ávida, con ánima y sexo. Cargado y sin asiento, al cabo de la larga jornada lunar; la razón de la locura, la locura en el devenir del humo: sin arte –me dijo-, la estafa, el crimen.

Devuelto al espacio donde se acomoda la espina al tallo, a la espera de la flor; la espera se convierte en agua, al agua se la beben, a grandes tragos. Ésta, la materia oscura: medianoche que gira sobre su propio y recto eje, una y otra vez, y otra, y otra…

Mañana, tal vez, podré decirte como me llamo.

Carlos Barbarito

 

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