No. 487, Presencia siempre común…

PRESENCIA SIEMPRE COMÚN

Gonzalo Márquez Cristo

Febrero 1º. de 1963 – Mayo 24 de 2016

Chali: ¿Cómo se puede hablar de ausencia si sigues tan presente? ¿Cómo se puede decir que no estás si cada poema, cada camino, cada lectura y cada música conducen a tu presencia y reviven tu férrea vocación por la alegría de vivir, por ser el amigo de los amigos, y el interlocutor complejo en la ardua travesía del tiempo?

Hoy como hace dos años la lluvia golpea la ventana.

No quiero revivir el dolor de entonces, ni relatarte estos duros tiempos con su vaivén de extrañezas y de orillas oscuras.

Quiero celebrar la vida que viviste, plena y rica de todos los matices que te condujeron siempre a lo que más amabas: la poesía. Y al celebrarla, leo de nuevo para ti ese poema de Jorge Luis Borqes que tanto repetíamos y transcribo el tributo de algunos de tus siempre amigos:

Amparo Osorio

LAS COSAS

El bastón, las monedas, el llavero,

la dócil cerradura, las tardías

notas que no leerán los pocos días

que me quedan, los naipes y el tablero,

un libro y en sus páginas la ajada

violeta, monumento de una tarde

sin duda inolvidable y ya olvidada,

el rojo espejo occidental en que arde

una ilusoria aurora. ¿Cuántas cosas,

limas, umbrales, atlas, copas, clavos,

nos sirven como tácitos esclavos,

ciegas y extrañamente sigilosas!

Durarán más allá de nuestro olvido;

no sabrán nunca que nos hemos ido.

A GONZALO MÁRQUEZ CRISTO

Buenos días compañero. Igual que siempre te leo mis poemas. El color del día me dice que han venido tus amigos y juntos te abrazamos, mientras la paz que es toda poesía, nos ayuda a escuchar tu voz.

Treinta días de tu impulso.

Te levantas de la tierra

Profunda donde no hay error.

Poesía de un solo impacto.

Se rompen las palabras

señaladas,

más oscuras cuando digo:

“Compañero, eres otro libro

Que no le teme a la oscuridad”.

Hernado Socarrás

UNA CARTA MEMORIOSA

Por: Iván Beltrán Castillo

Querido Gonzalo:

Durante la última semana, casi siempre acechados por el bellísimo Lago Michigan, o caminando ese Chicago Riverwalk donde los jóvenes vuelven a celebrar la sensualidad y la espera del verano cual si fuesen las primeras y las últimas criaturas que pisaron el mundo, o acechados por esa torre kitsch y desapacible de Mister Trump, o por los formidables edificios del muy ecléctico centro de esta urbe, nos has acompañado, nos has seguido, nos has escuchado, con esa forma sutil de comunión que es propiedad exclusiva del ausente.

Hablamos mucho de tí, como dos amigos que te quisieron y te echarían de menos si no estuviesen seguros, con el antiguo poeta, de que los muertos viven en los labios de sus amigos, en las palabras que les restituyen y prolongan, y de que siempre una conversación, una ventana, una puerta o el más simple suspiro están a punto de operar el milagro que anula la necesidad de pasaportes o ásperos agentes aduaneros. Quien sabe recordar con delicadeza nunca estará solo y comprende que las adversas fronteras, son apenas ficciones ante los poderes luminosos de la imaginación.

Martha Cecilia ha escrito un texto paciente y delicado donde rastrea las fuentes de tu casa mental y de los seres que por ella deambulan, y yo le he referido, en ese sublime caos que impone la memoria, un par de formidables anécdotas de aquella juventud incierta que felizmente compartimos, la que sistemáticamente me niego a abandonar, y que rescato, hermosa e invicta, de vez en vez, cuando escribo un buen texto.

La hice verte, Gonzalo, ascético y dulce como un muchachito de El Greco en las aulas del Gimnasio Aristotélico de Bogotá, al final de los años setentas, víctima como yo de la sospecha de que no queríamos entrar al mundo, a nuestro país y a la realidad, por la trajinada puerta delantera. Fue cuando, de manera increíble, una tarde de literatura y bostezos (el colegio transforma lo que debió haber sido placer en somnolencia y pesadez), en el curso de un acto literario, dijiste un verso de Verlaine con una propiedad y una elocuencia que no correspondían a tus quince años. No fue, entiéndaseme, solamente un muchacho alto y delgado recitando un verso de un gran poeta francés. Fue más bien como encontrar en la ruta, un mensajero que, impulsado por la insustancialidad reinante, empieza a hablar en un precioso idioma olvidado, o como el rescatista que llega nadando hasta donde un temerario se está ahogando en alta mar. No estoy solo, fue lo que pensé, y a la salida de clase empezamos un diálogo que todavía perdura a pesar de tu muerte.

Luego, saltando de un año al otro, cruzando el almanaque como graciosos pájaros migratorios, referí a Martha Cecilia la historia del reportaje que, a los veinte años, inventaste al Nobel colombiano Gabriel García Márquez, y que prefiguraba tu invencible sentido del humor. Convencido de que el gran Señor de Macondo, a quien habías solicitado una entrevista por todos los medios posibles y valiéndote de cuantas personas claves pudiste contactar, no daría jamás el sonado reportaje para el que tenías preparadas las más ardorosas inquisiciones, junto al joven escritor Miguel Rodríguez, tú y Miguel se dieron a la construcción de la más increíble entrevista imaginaria. Una pieza, mitad ficción y mitad escrupulosa navegación en las aguas ficcionales garciamarquianas, terminaba por arrojar mejores y más confiables luces que cuantos interviú se realizaban por aquellos años. Los dos jóvenes llevaron su obra a Enrique Santos Calderon en El Tiempo, y este, tocado por la emoción ante la calidad del trabajo que se le ofrecía, le dio la primera página y un lugar destacado abriendo la separata de reportajes y textos exclusivos.

Un pequeño detalle, quizás un dato insignificante, obligó a Santos Calderón a consultarle a Gabo solo para corroborar aquella fruslería. Cuán sería su sorpresa: el novelista laureado, convertido en un ser histérico y supremamente ofendido, vociferó a todo pulmón que nunca había concedido aquel reportaje; su esposa Mercedes citó a los jóvenes reporteros a su casa bogotana para reprenderlos con fuertes frases y el autor de Aracataca gastó su columna dominical de El Espectador en despacharse contra los imberbes atrevidos.

Sin embargo ese reportaje, publicado años después por un editor travieso que vio en él una anécdota maravillosa y una minuciosa inmersión en las aguas macondianas, no era una mentira ni una ficción, y lo que revelaba era esa capacidad tuya para trabajar desde la intuición los más difíciles y caros de los acertijos humanos. Contenía una verdad secreta, la misma que tú, Gonzalo, años después, te dedicaste a perseguir desde tus páginas, tus poemas misteriosos y plenos como un cuadro de De Chirico, desde tus indagaciones ensayísticas en las obras de pintores y poetas entrañables, desde tu única novela, cuestionada y difícil de tratar a la manera de Paradiso o Ullyses, y desde cada una de las empresas que te inundaban al principio de cada día.

¿Cuántas escenas deleitosas? ¿Cuántos minutos adorables y cuantos locos proyectos? Es por eso que desde aquí, desde este Chicago donde te hemos sentido tan cerca, no queremos hablar sobre tu muerte sino renovar nuestra fe en lo fecundo de tu vida.

Chicago, Mayo 2018

EL AHÍ DE GONZALO MÁRQUEZ CRISTO

Por: Martha Cecilia Rivera,

Propuso Martin Heidegger que ser significa ser-ahí, haber sido arrojado a un ahí. Sin ese ahí, el ser no es. También se discute, en la filosofía moderna, sobre si a la noción de haber sido arrojado llegó Heidegger inspirado por la idea kierkegaardiana de que el ser humano ha sido expulsado, y esta resultante a su vez de la influencia del pensar cristiano sobre la expulsión del paraíso como consecuencia del pecado. Aún sin aventurarse en un análisis que escapa a este momento y espacio, parecería que una pregunta necesariamente latente en estas coordenadas del pensar, es esa misma pregunta que al parecer obsesionó al gran poeta y pensador Gonzalo Márquez Cristo en su ahí, la pregunta sobre el origen.

La pregunta por el origen aparece en Márquez Cristo de una forma constante. Se insinúa aquí, seduce allá, se enseñorea soberana y soberbia a cada instante, desde primeros momentos como el de “Tempestario y otros relatos”, hasta el legado para nuestro ser parte del cosmos, todavía por cobrar, que es “La morada fugitiva”, sin que sea legítimo no nombrar ese inestimable regalo que nos entregó este pensador poco antes de enfermar de cáncer, “El libro de la tierra”, viaje de itinerario sutil y maravillado a través de cómo ha pensado, el ser que piensa, su ser en un ahí mayor, la Naturaleza. Lectura obligada, y obligatoriamente concienzuda y elevada, es “El libro de la tierra” para quien se sienta parte del mundo de las letras.

Me he dado a buscar pistas sobre ese ahí de Márquez Cristo en donde la pregunta por el origen encontró una casa. Empecé en el narrador, no en el poeta ni en el ensayista, porque no escapo a mi ser de ser un inventor de personajes. Ese es mi ahí, y en mi ahí mi ser está arrojado.

Escogí como primer corpus esas recurrencias en sus personajes que revelan la obsesión del autor. Empecé en “El tempestario…” porque esa obra se me convirtió en un templo perseguido en todo andar, uno donde el culto al vigor de la palabra, o es adoración total o no es nada.

Las pistas que propongo son apenas títulos. Les daré cuerpo después, en ese lugar no sometido a cánones de número de cuartillas que es mi ventana frente al Lago Michigan en Chicago, mientras hilvanaré un diálogo que quizás suceda alguna vez con quien se una al intento de desentrañarlas:

Desdoblarse. Se desdoblan, los personajes en los relatos de “El tempestario”. En realidad se transmutan en identidades diferentes de la propia. Se trata de actores principales, no de testigos, y cada uno es consciente del poder que ejerce para transformarse deliberadamente en un otro que extrae desde adentro de sí mismo. Un buen ejemplo es el Nadie que jura no regresar a Ítaca.

Inmolarse. Conocen desde el principio que su condena es el sacrificio. Y no solo se encaminan hacia ese sacrificio con la firmeza con la que efectúan los rituales que en él culminan, sino que además lo celebran. El tono de su decir, jubiloso y lleno de ardor, y la atmósfera de esfera superior y abstracta que les brinda el autor, evidencian una gran celebración interna: “La elección del árbol”, “El albirel”, “Jaguar Ahuasca”.

Perpetuarse. Se repiten, son ya antiguos en esos rituales de sacrificio. Los personajes de “El rito”, “La condena”, “Cataure”, mueren pero no mueren, se quedan. Otros, como “El oculto” y el hechicero de “Las tumbas de Arez”, permanecen en las imágenes de sí mismos, o en el Sol, noción animista de encarnaciones y reencarnaciones que quizás sin proponérselo diseña el autor como esencia de sus personajes.

Con lo que me encuentro ahora en estos tres títulos principales, es con personajes (¡seres!) cuyo ser-ahí esestar condenados a desdoblarse, a inmolarse para perpetuarse. ¿En qué momento han sido arrojados a semejante destino? ¿Desde dónde sucede? ¿Terminará alguna vez, acaso?

Es posible que estos interrogantes vengan a ser ese apuntalamiento válido que busco para rastrear la pregunta de Gonzalo Márquez Cristo sobre el origen. Habrá que desarrollarlos antes de continuar la búsqueda en “Ritual de títeres”.

Chicago, 2018

GONZALO MÁRQUEZ CRISTO:

EL AMIGO DE ENTONCES

Por: Mónica del Pilar Uribe Marín

En un café-bar de Tunja, hace varios años, conocí a Gonzalo. Estaba con Omar, un amigo suyo de vieja data, aunque realmente entonces Gonzalo era un joven ‘demasiado joven’ acometido por una fiebre de mundo, de literatura y aventuras que parecía inacabable. Y creo que jamás se consumió. Yo estudiaba Periodismo en la Javeriana y en ese momento hacia mis prácticas en el periódico regional de esa ciudad, por lo que conocer a Gonzalo fue una brisa fresca que reafirmaba mi gusto por la literatura.

Regresé a Bogotá, donde continuamos lo que aquella noche en el bar se anunció como una amistad franca, cálida y exploradora del conocimiento. Si bien yo había crecido en un ambiente de escritores, Gonzalo me llevaba años de lectura y fue allí donde nuestra amistad halló una coyuntura. Mis lecturas de tradicionales autores, se tropezó con su rebeldía intelectual que opinaba que más allá de García Márquez, de los costumbristas y otros siempre leídos, había un amplio mundo literario por descubrir, navegar y enriquecer. Además, su pasión no culminaba en la literatura sino que hacía de ella su vida y, en ese sentido, empezaba a forjar una filosofía propia, una actitud concreta.

Nos veíamos con mucha frecuencia y poco a poco conocí a sus otros amigos: Miguel, Esperanza, Jose Manuel, Yirama. Entonces me empezó a hablar de Común Presencia, lo que pensaba sería una revista donde escribirían sus obras como protesta ante los espacios vedados a quienes no formaban parte del establecimiento de faunos y que no eran amigos de los escritores vedetes. Allí publicarían sus poemas, ensayos y cuentos… serian irreverentes, pondrían a Fernando Pessoa, a Cioran, a Lawrence Durrell, René Char, Andree Chedid y muchos otros que no ocupaban las bibliotecas del lector promedio. Sería su reino en este mundo. Y lo instauraron.

Fueron noches de lecturas de poemas (ellos leían los suyos, pues los míos eran para mantener bajo llave), de gritos a la luna, de anuncios de suicidios y de amor a la vida, de tonterías y brillanteces, de reírme al verle bailar sin ningún oído, pero de asombrarme al escuchar o leer sus versos de extraña profundidad y belleza.

Gonzalo era mi amigo entonces, nos hacíamos confidencias, nos presentábamos nuestros aliados afectivos y sabíamos de nuestros enemigos, reíamos mucho, maldecíamos el mundo y bendecíamos la belleza. Y si bien mi labor periodística llevaba su propio rumbo, coincidía yo en la de él de una u otra forma, e incluso en “Común Presencia” – que para entonces ya era un hecho de factura única y que sentaba un hito en el predecible mundo de las letras colombiano- publiqué alguna vez, así como él lo hizo en la revista que entonces yo dirigía y donde incluí más de un escrito de él y los otros ‘comunes’…

Después le acompañe en un sueño ligado también a la literatura, pero digamos que mucho más terrenal, un bar al que llamaron “El Amor loco” y que él y Amparo habían abierto como escenario para lectores y lecturas, sin límites de tiempo ni obligaciones de consumo… Como era de esperar, tanta libertad y anarquía en un mundo mercantil, hizo que el asunto fracasara estruendosa aunque dignamente, pues si bien ninguno sabía cómo hacer negocios, puedo decir que al menos allí pasamos todos muchos momentos alegres y delirantes.

Gonzalo solía ser un crítico implacable, pero de igual forma se deleitaba en elogiar algo cuando juzgaba que lo merecía.

Pienso que al igual que sus amigos de entonces, yo era también una aliada de su talento y su rebeldía, y quizás por ello le escuchaba y aprendía cuando era necesario, desde esa, mi adolescencia terminada, donde todo se volvía asombro. El, desde su orilla, también se mostraba dispuesto a aprender de otros y a escuchar.

Vi su “Apocalipsis de la Rosa” antes de que fuera publicado y después su “Ritual de títeres”…

El me acompañó a mis éxitos periodísticos en la revista y yo a los suyos, sobre todo porque yo había asistido al planeamiento mismo de lo que sería su siempre “Común Presencia”… Sus amigos poetas fueron en aumento con cada encuentro literario, así como lo fue la ‘construcción’ de su transnacional Esencialismo, un movimiento al que habían puesto dicho nombre porque instauraba una forma diferente de vivir y sentir en la creación literaria.

También me hizo partícipe de lo que hasta el momento de perderle la pista, supe que era el gran amor de su vida: Amparo Osorio, también poeta e irreverente, y que había causado en él una profunda impresión desde el primer encuentro. Así me lo dijo el día que llegó a mi oficina con los ojos brillantes y exultante, diciendo que había tocado las puertas del paraíso.

Así transcurrieron los años, lo vi madurar, nos vimos madurar, conocimos y perdimos amigos mutuos, hicimos nuevos amigos y nuevos enemigos. Le vi viajar a hacer lo que para mí sería su primera gran entrevista, la que, junto a Amparo, le hicieron a EM Ciorán en su casa de París, y que sentados en un café de Chapinero, me describieron en detalle desde cuando la planearon hasta cuando el pensador llegó de comprar un para para la cena. Pocos entendían porque tanta alegría mía con esta entrevista, pero es que desconocían que Ciorán se hallaba entre nuestros autores preferidos de entonces y que en las noches de rumbas o tardes de largo café nos hacía ver el mundo de una manera sombría, pero también soberbia y con hondura.

Luego siguieron otras entrevistas, muchas grandes entrevistas… Publicó su primer, su segundo libro, atendió cocteles y ofreció recitales, solo o con sus amigos de la revista… crecía en su universo creativo…

El tiempo no le quitaba a Gonzalo esa manera suave de ser o parecer sencillo, de reírse mucho sin mucho ruido, de burlarse de todo o mucho, de sentir afecto profundo por sus amigos, de parecerle imposible una vida sin Amparo, de no concebir una noche que no terminara a la madrugada, de acumular exquisitos gustos literarios y estéticos, de llorar sin vergüenza al sentirse conmovido por el dolor, el amor o la belleza, de ser amigo solidario y acompañarme en surreales proyectos profesionales o de amor.

Sus amigos ya no eran solo los que conocí en los inicios. Eran otros más que habitaban diferentes geografías.Lo cierto es que en cada cosa que compartíamos y que le veía hacer, yo descubría a un Gonzalo infinito, interminable…

Pero un día le perdí la pista, por una u otra razón. Luego me mudé a Inglaterra y, con el transcurso de los años, nuestra amistad tomó forma de recuerdo adherido a las paredes de mi memoria. Y si bien intercambiamos alguna comunicación referente a nuestro nuevos proyectos, él con la Fundación y yo con el periódico en Inglaterra, no le volví a ver nunca más.

Un día, leyendo un número de ‘Confabulación’ me enteré de su muerte. Las líneas amorosas y profundas escritas por Amparo como despedida y homenaje, me llenaron de dolor. Siempre sorprende la muerte, pero aún más en estas circunstancias… Afortunadamente, tengo suficientes buenas memorias como para imaginar que la amistad en el tiempo jamás fue fracturada.

UNAS PALABRAS

PARA GONZALO MÁRQUEZ CRISTO

Por: Carlos Fajardo Fajardo

Querido Gonzalo, ¿quién dijo que los poetas mueren? Ellos viajan, asumen su eterna condición de viajeros, creando posibilidades como tú lo hiciste a lo largo de toda tu vida, inventando regiones donde el viento es rey y la poesía luminoso astro. Poeta, tus palabras, tu amistad estarán presentes en nuestros senderos de bruma, para iluminar estas constantes sombras.

Nos harás mucha falta amigo; harás falta a esta generación de confabulados para pensar, reflexionar, leer a hechizados poetas, soñar en locas empresas poéticas, para reír, amar y bebernos el vino que quedó pendiente, emborracharnos cantando nuestras canciones amadas, para escribir y conversar emocionados hasta que se rompa el alba.

En eso consistía para ti la amistad y la poesía ¿te acuerdas?

Tantos recuerdos en nuestras mochilas de viento; tantos proyectos Gonzalo. Son asuntos que se depositan en el corazón y salen hoy para evocarte y recordarte llenos de complicidad y admiración por tu obra, por ese importante legado que has dejado y por el cual deseamos agradecerte, darte las gracias “por tantas alianzas sensibles” como nos decías lleno de abrazos y estremecimientos. Sí, tú lo escribiste: “Vino la muerte y su cuerpo de cristal… Un viaje siempre precede a la vida”.

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